Cuando el latido
último
de mi azulada existencia
se aleje,
no quiero ríos de tristeza
sobre mi pecho
ni harapos negros
que opaquen
la alegría extrema
que el Hacedor diseñó
entre mis calles,
en el minúsculo encuentro
de mis neuronas,
en el soplo
nocturno
de mis distancias.
Cuando el párpado último
de mi azulada existencia
te deje,
que no asome
tu desquiciada nostalgia.
Llena de colores
mi atardecer,
sacude el instante
perpetuo sobre mi hombro,
baldea el piso
marrón de
sus corazones
y
cuando termine la noche
deja que asome
otra vez
el amanecer.